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Terres de l'Ebre 
© Sara Sánchez Barrueco
© Sergi Sales
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© Xavi Riera
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RietVell

Un invierno de rarezas y viejos conocidos

El viento ha llegado para quedarse. Al menos eso parece. Atrás quedaron los días de campos verdes y pageses agachados sobre el arroz. Atrás también las infinitas horas de sol. Las tardes naranjas a las nueve de la noche. Los mosquitos, los bañistas, los barcos de recreo frente a la bahía, la arena de playa en los zapatos. No están, se han recogido. Los humanos han volado a sus zonas más cálidas, lunas de oficina, calefacción central, turrón, días de esquí, motores, teclados. No recuerdan las carreteras infinitamente rectas del Delta.

Los campos desnudos, no están callados, ni esperan tiempos más cálidos. Estallan en mil plumas. Ajenas a todo miles de aves campan a sus anchas. Algunas son habituales, otras están aquí de Erasmus. Son rarezas, pocas veces se han dejado ver por estas tierras. Aves asiáticas, norteamericanas, propias del ártico, de oriente medio, aparecen en el Delta, con la chulería de quien es libre de elegir sin casi darse cuenta.

Iban de camino a las costas cantábricas, volaban al norte de África y decidieron parar en el Delta del Ebro, improvisar, volar a vela. Dicen que el invierno está siendo especialmente crudo. Constantes olas de frío que convierten esos lugares supuestamente cálidos en invierno en cubitos de hielo con fuerte oleaje. El invierno mediterráneo, igualmente recrudecido, ofrece un buen abrigo, temperaturas bajas, aumento de precipitaciones y subida de los niveles de agua de los humedales creando más espacios fangosos que favorecen la alimentación de las aves.

Sin embargo, no debemos pasar por alto un elemento primordial. Para que vuelvan las aves y traigan compañeras del norte hay que trabajar a conciencia. Tras la cosecha del verano pasado, el regreso indica que una vez más nuestros esfuerzos por mantener un Delta más limpio y consciente están dando sus frutos.

Sobre las lagunas revolotean un par de colimbos árticos, los calamones los vigilan de reojo, la agachadiza chica corretea por el limo del Fangar y agazapados tras el parapeto de los observatorios se hace un silencio sepulcral solo interrumpido por el chasqueo de los obturadores. Coches parados en la carretera y objetivos apuntando hacia el cielo. El aleteo de una collalba desértica arranca suspiros. Agazapados tras los telescopios los birdwatchers viven una segunda navidad. El Delta, desnudo, regala vida.

Vida de la que formamos partes, como humanos somos parte de ese todo. Recordad que el mismo frío que nos golpea en la cara es el que ayuda a mover sus timones y les acerca o les aleja siguiendo los designios de su propia libertad. Instinto de supervivencia, sin ataduras, solo eso, vivir. Partir en busca de alimento y regalar a tu paso las mejores postales que superan en su belleza a los planos más cuidados por los grandes cineastas. Nada como la naturaleza para aprender.

Y tú lavandera cetrina, háblanos de Siberia, cuéntanos historias del Himalaya. Tú, búho campestre: háblanos de Yellowstone, de Alaska, de los Andes, de Dinamarca, de tus estancias en Castilla, de las correrías tras los topillos de medio mundo. Alca común: delinea el contraste de tus plumas negras y blancas. Hagan las delicias de grandes y pequeños y sobre todo, déjense contar. Largas jornadas de viento y libretas de apuntes, el censo de acuáticas invernantes está en marcha en toda Europa.

Este es el momento de dejarse caer por el delta (ustedes también humanos) y disfrutar de la estampa que el frío ha traído consigo. Tengan los ojos bien abiertos y recuerden que el observatorio de Riet Vell tiene sus puertas abiertas 24h para satisfacer su curiosidad. Hasta que nos veamos, tomen nota: vuelen libres siempre… hacia la vida.

Teresa Monteagudo Tejedor
Alumna en prácticas en Riet Vell, Universidad de Zaragoza.