Patronat de Turisme de la Diputació de TarragonaDiputació de Tarragona
Terres de l'Ebre 
© SEOBirdLife
© SEOBirdLife
© SEOBirdLife
© SEOBirdLife
© SEOBirdLife
© SEOBirdLife

RietVell

El Delta de la vida que huye de la muerte

Nos enseñaron a temer la naturaleza. A ponerle barreras, a someterla para imponernos. Encajonamos ríos entre paredes de hormigón, soterramos los arroyos y los cubrimos con asfalto, taludes, terraplenes y diques que afianzar cada invierno. Tenemos miedo de que el río salte y anegue nuestras casas. Tenemos miedo a que el temporal nos recuerde que somos una ficha más en el ecosistema y como tal sufrimos las inclemencias del tiempo, las galernas, los fuertes vientos del valle, las crecidas del deshielo.

El Ebro se desangra en las ciudades y golpea con furia las barreras que quisimos imponerle, 5 metros de rabia y de deshielo a su paso por Zaragoza. El caos desatado por un río que se revela y salta las defensas anegando campos y granjas, destrozando hogares, causando gran desasosiego sobre la población.

Pero el Ebro, bravo, toma otra faceta al llegar a final de su recorrido. Calmado y ancho, se deshace en florituras al llegar a sus últimos kilómetros y transforma su furia en paz, en calma, en vida y en espectáculo. Infinitos campos de arroz baten sus espigas al pasar y las aves alzan el vuelo, majestuosas y libres. La desembocadura del Ebro es el último regalo de una vida entera y deja junto al mar retazos de todas sus historias, recuerdos de su nacimiento en Cantabria y de su desarrollo por Castilla y León, La Rioja, Euskadi, Navarra y Aragón que descansan, al fin, en el sur de Cataluña convirtiendo el final en poema y el poema en canción de alas desplegadas y agua que corre sin descanso. Vida que brota ante ti desde las ventanas del observatorio Swarovski, charranes alimentando a sus crías, los andares lentos de los flamencos inmaduros, aún blancos, las carreras de los calamones por los arrozales de Riet Vell y algún que otro avetorillo que se esconde entre las cañas y solo aparece ante los ojos de los más observadores. Todo es vida aquí, cada gota de agua de los canales, aporta su granito de arena al esfuerzo de la cosecha, al desvelo continuo de las parejas de aves, siempre en movimiento para alimentar a sus pollos. Todo está en continuo movimiento en esta reserva de SEO/BirdLife. Y todo está cambiando. Aunque no seamos capaces de ver el cambio a simple vista, existe un retroceso, sin pausa y sin prisa, que se escapa a nuestras percepciones y que se está cobrando ya sus primeras victimas.

Erguidos ante el mar

Hagamos un viaje atrás en el tiempo hasta 1864. El cabo de Tortosa se encendía, un lugar temido por su peligrosidad y por la poca profundidad del agua debido a la presencia de una gran barra de arena, salía de la oscuridad ¿Cómo? Con un gran faro de construcción extranjera. El más alto del momento con sus 51 metros y que estuvo presente (mediante una maqueta) en la Exposición Internacional de Paris de 1867.

Era un portento, gigantesco, y toda una referencia para los pobladores de la Illa de Buda y sus alrededores que solían pasar sus días de fiesta celebrando comidas campestres y juegos al pie del faro. Su apariencia recordaba al esqueleto de un faro convencional y los que llegaron a conocerlo lo recuerdan como “nuestra torre Eiffel”.

Las espectaculares medidas del faro respondían a una necesidad. El Delta crecía a pasos agigantados cada año y temían que el faro quedase demasiado lejos del mar. Una luz demasiado baja y demasiado alejada de la costa no sería funcional y no cumpliría con su misión de advertir a los navegantes de la presencia de barras de arena.

Sin embargo, la historia iba a cambiar. El desarrollo industrial del inicio del S. XX, el aumento de tamaño de las ciudades y el cambio en las necesidades hídricas propiciaron la construcción de los primeros embalses sobre el cauce de los afluentes del Ebro. Alrededor de la década de los 50, la cuenca del Ebro ya contaba con casi un centenar de embalses.

La construcción de presas y embalses frenó la llegada de sedimentos al delta del Ebro y, consecuentemente, comenzó a retroceder 34 metros por año. El descomunal faro de la Illa de Buda dio, con sus 187 toneladas, contra el fondo marino. Era la nochebuena del año 1961 y aquella fue su última tormenta.

Su sustituto también se hundió tan solo cuatro años después.
Hoy los restos del gran faro están a 10 metros de profundidad y a 4 Km. de la costa, en mar abierto.

Delta del Ebro: herido, pero en pie

El viejo faro y su naufragio hablan de una realidad que acecha al Delta. La construcción de grandes presas supone la disminución de sedimentos. Al no aportar nuevos materiales, la acción erosiva del mar lava la arena de la costa y la hace retroceder de manera constante.

Los habitantes de los pueblos del delta están en pie de guerra y exigen que se garantice el caudal ecológico del Ebro en su desembocadura (el 10% del caudal medio histórico). La disminución del caudal supondría un aumento de la acción erosiva al no reponerse los materiales arrastrados por el mar.

El Delta del Ebro supone un punto de gran importancia en cuestiones de biodiversidad.

Alberga 316 especies de aves comunes y unas 360 de aves registradas de las 600 existentes en Europa”, según afirmaba Cristian Jensen en 2010. La presencia de aves está vinculada a la interacción humana en el medio, que se realiza cada vez de manera más responsable, y que facilita la coexistencia de factores antrópicos y naturales de tal manera que las labores de conservación y las labores de agricultura y pesca, así como actividades vinculadas al turismo, se desarrollan de manera equilibrada en el entorno.

Cuando hablamos de conservación del Delta del Ebro debemos llegar a alcanzar un equilibrio que se centre en conservar los espacios destinados a la reproducción y cría de aves, conservar humedales y sus zonas colindantes, evitar la sobreexplotación de los recursos destinados a la agricultura, favorecer el desarrollo de la utilización de energías limpias y evitar el abandono de las tierras con el fin de controlar la erosión sobre el suelo. El equilibrio es difícil de alcanzar y frágil, puede romperse y cualquier cambio conlleva unas consecuencias. Sin embargo, cuando hablamos de conservar un espacio tan importante como el Delta todo esfuerzo es poco. Permitir que todo esto desaparezca supone una gran perdida a nivel planetario y sería simplemente imposible reconstruir y reparar el daño que se le ha hecho. Aún llegamos a tiempo de aunar esfuerzos para frenar el retroceso del Delta y por tanto ayudar a su consolidación como espacio natural, lleno de vida. Todo un hervidero de vida, al alcance de la mano, que se abre ante tus ojos, muy cerca, hasta donde se pierde la vista…. O hasta donde lleguen tus binoculares.

Teresa Monteagudo Tejedor, voluntario de Riet Vell